Desde el aire del autobús
sentí la alegría de tu voz
llamando con dulzura el avestruz
de tu alma anclada al amor atroz.
La nostalgia del pasado
de risas y tardes coquetas
de temores u odios desatados
que se convierten en cometas.
En tu tierna dulzura
encontré el deseo fulgurante
de vivir de nuevo la aventura
de recios y fieles amantes.
De pesares o tristes vacíos
donde el amor no tiene oídos
y navegan en caudalosos ríos
las almas ahora sin sentido.
En tu voz escuché mi nombre
y no tuve más, que pronunciar
la alegría que de costumbre
solía con insistencia balbucear.
En tu voz escuché mi nombre.
Jesús Hernando Camacho Mosquera.
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